De atléticos a indios y colchoneros, pasando por atletistas

"Y usted, no pise ese Escudo..."
Luis, presidente de honor

jueves, 30 de octubre de 2008

Atlet & Co.

Aventuro a que será el próximo paso, en esta sinrazón llamado Fútbol moderno, que con tanta saña nos ha tocao padecer a las gentes del Atleti. ¿Exagerao?, quizás. ¿Cuánto de exagerao?. ¿Me lo puede medir en tiempo?. Pues, tal y como caza la perrita, lo que mañana parece futurista, pasao puede antojarse carca. Vean si no cómo se las gasta la AFA a la hora de entregar toda la casta, armas y bagaje de una nación futbolera en brazos del primer ingenierillo que ofrece cerca de una docena de millones e euros. Y que el negocie, que pa eso es negociante... O cómo un tal Villaluenga vaga por el Fútbol patrio en busca de su villa perdida, mientras repite en su gloriosa égida “amunt Valencia”, “arriba Geta” o “hala ***”. Con su escudero de turno cambiándole pendón y honra a cada puerta que toca.

Nos la han metío doblá. Creímos cada uno, menos esos cuatro fantásticos de cómic, en nuestro mesías particular, y nos embadurnamos el ojete de vaselina, mientras rezábamos a San Balón y tal y tal. ¡Por un Manzanares navegable!. ¡Y con casino flotante!. ¿Por una Copa de Europa a la vuelta de la esquina!. ¡Pipas, chicles, caramelos y ligas, caballero!. ¿Cuánto cuesta, buen señor?. Su alma. Que el dinero, ya lo pongo yo. Por mucho que las píe el Tribunal Supremo ese de los huevos. Ande, ande, coja las chuches y repartalas entre la lumi de su hija, o el noelio de su hijo. Que ya me ocupo yo de esto. O mi vástago, al que cariñosamente apodo “calam”. La terminación me la ahorro, que ya da muchas pistas... Es un buen chaval, empezó de veterinario, ¿sabe?. A Imperioso no el puso la mano encima, porque le tengo mogollón de cariño. De cuentas, no sabe mucho, señor juez, pues ya le digo que lo suyo es hacer el lázaro con los animalillos, pero tié mu buena voluntaz. Tanta, que desde su madridista infancia, no le duelen prendas en llevar las riendas de los del Manzanares. Y apechugar con las cuentas de un negocio deficitario, este del Fútbol. Tan deficitario, que no nos conocerían más que en Soria y la parte serrana de Segovia, si no fuera por él... Y por el Atleti, claro.

Bueno, que no se asuste el personal de a bordo, cubierta, alcázar, velas y sentina. Se empezó estallando la botella de cava sobre el casco, con el nombre de Club, y bajo esa bandera se hicieron las singladuras más emotivas y gloriosas. Con sus naufragios, que también los hubo. Hace años que escogimos, nos escogieron o quisieron que escogiéramos cambiar el nombre al buque. SAD, lo llaman. No sé muy bien si porque el armador era un SAD & co; o en razón a que marinería y tropa SADlió cagando leches de la zona de máquinas y timón. A los abnegados tripulantes, les dicen que ahora son pasajeros. Y que no están más que pa pagar o guardar silencio. A no ser que haya abordaje. Entonces, sí. 50.000+1, y lo que haga falta. Como el burro del abuelo, que se le daba paja en la cuadra y no salía más que pa hacer eso. El borrico.

Quizás al próximo puerto, se le vuelva a dar una manita de pintura al bajel. Y se le coloque a letra gótica, sobre la amura de proa, la leyenda “Atlet & Co.”. Y como buena “Co.”, instalar sin pudor ninguno al mando, con planos y cartas de navegación varias o desvariadas, a cualquier “co.” de los “co.” de toda la vida. Desde albertos a condes. De las rosas, a roldanes.

Y, ni así, caeríamos en la cuenta.

Abnegada tripulación cuyo único fin futgolero es hacer ese 50.000+11.

Truene, llueva, haga viento o naufragio.

¿No lo ven, señores de la política?. ¿O es que son ustedes mismos jueces y parte?.

NO CON MIS MANOS.

SIEMPRE AFICIONADO.-

martes, 28 de octubre de 2008

Días de escuela (III)

Suena el timbre, al fin. Bocadillo, recreo... evasión. Una manada de enanos y enanas, soltando con premura los lápices, entonando un murmullo de victoria que nos perseguía en tropel hasta la misma puerta del aula. Dónde el cerco se convertía en un embudo de ilusiones, por el que íbamos desfilando a borbotones, hasta alcanzar toda esa largura tachonada de dibujos, poesías y otras manualidades menores que conformaba el pasillo. Una legión de símbolos precursores del Cobi del 92, que escondían entre su simpleza de líneas y colores, la misma pureza de la infancia. Las fotos de la vida que nunca pudimos revelar en la tienda del barrio. A través de su formación en horizontal, se acababa por ganar a la carrera el último esquinazo, donde las tórtola derrapaban cual derbi del Nieto, y te relanzaban a la bocana acristalada que daba permiso al patio. ¡El patio!. ¿Qué patio no suponía el jardín del edén?. Desde el patio del Moya, o el patio del Bomba, allá en el barrio, al patio del colegio. Todos los patios debieran de haberse declarado parques naturales para canijos. Cada patio que se despoblaba de críos, o pasaba a formar parte de la reconversión urbana, era una puñalada en mitad de divertilandia. ¿Qué coño hacían los sindicatos y las APAs, que no los defendían?. Hasta en los sueños más idílicos; acabado el Un, Dos, Tres, donde el edificio del colegio caía por cualquier intercesión de algún olvidado dios de infantería de infantes, el patio se salvaba. Era como la chica americana de las pelis.

¡Cómo estaba el patio!. Con su mercadeo de cromos, sus grupitos de niñas en leotardos y coletas organizando una timba de comba y goma, los dómines de las chapas partiendo equipos, los supporters de la olla echando a pares o nones... Y los capis de turno, jugandose al monta y cabe una de caballeros contra villanos. Con un balón de por medio. “¿Me pedirá?”, imploraba para sus adentros el malillo. “¿Jugaré con Zutanito?”, pretendía augurar el chanante. “A ver si me toca contra Menganito...”, aventuraba el macarrilla. “Joer, como se nota que son del mismo equipo”, iba radiando en sus pensamientos el que ni chicha ni limoná. Ya estaba el tinglao montao. Se habían levantao, como era precepto, cuatro pilas de jarseis sobre el terreno. Separados en parejas, que no arrimaban cebolleta por aquellos seis pasos que marcaba el reglamento interno infantil. Esos mismos, que valdrían en un momento dao para colocar con precisión de GPS el punto de penalty sobre el inmenso espacio que rodeaba la vida de los bajitos.

El balón, en el centro semigeométrico del Vaisapillar Arena. Como árbitro, el empollón, que era odiado por los unos y por los otros. Un leve gesto de brazo, hacía de triple pitido y, como años después diría el ínclito Joaquín Prats, ¡a jugar!. Los del otro equipo grande de la capital, contra los del Atleti. Sí, salíamos once. Y teníamos hasta reservas. Y otros desarraigaos que preferían acoplarse al rescate pa ligar con la princesita de turno que nos le hacía ni pvto caso. Y alguno que volvía emocionao con el verano de Laguía, y se había perdido en pistas de arena surcadas de curvas y puertos a dos manos y una de rodilleras. El Atleti de los críos, ganaba, perdía y hasta empataba. Hacía cuatro días que Vicente Calderón había pronunciado al término del partido de Bruselas aquella frase que no tenía sentido entonces. Nadie la pronunciaba. Ni propios, ni extraños. Blancos y Rojiblancos nos temíamos como dos lobos de enormes fauces, compartiendo el mismo corral. No existían gallinas. Ni complejos. El Equipo, era tanto o más fuerte que la misma Afición. El Club era nuestro. De todos y cada uno de los corazones que latían en sangre y nieve. No, no es que fuera un deseo de niño. Era real como las galopadas de Ayala. Como la Copa que Adelardo abrazó entre sus brazos.

Enseña a tu hijo. Oh, enseña a tu hijo a amar...

Al Atleti.

S I E M P R E A T L E T I.-

lunes, 27 de octubre de 2008

Días de escuela (II)

Sentados frente a una cruz, y cierto retrato. De dos en dos; sobre pupitres que igual valían para un parvulario que para un “licenciao”, para el gordito que para el tirillas. Alineados frente a un gran general vestido de luto riguroso. Más rectangular que cuadrado. Mudo. Con cientos de medallas en tiza que iban y venían de su uniforme negro, plano, como condecoraciones de sumas y restas, sujetos y predicados. La pizarra, podía ser el objeto más terrible e implacable de todos los terrenales. Incluso, que las mismas notas. Ahí, no cabían falsificaciones.

Escorado a su derecha, sobre un trono de tapiz descolorido, don José. Don sobre dones. Aún recuerdo su vaso de agua jalonado de huellas dactilares descansando sobre el escritorio de madera chapada en miedo. Igual le servía para echarse un trago tras la explicación, que para enjuagarse la dentadura postiza. Agua y madera, a dos palmos. La de la regla de la altura de una carabina que descansaba de plano, con más batallas que los milímetros que marcaba. Muchas más. Corría la leyenda, que aún colgaba de su anverso jirones de piel de niño. Si te acercabas lo suficiente, podías verlos.

Y el periódico deportivo, haciendo de tercer elemento. El fuego. Interior que despertaba entre los chavales de la clase. Todos sabíamos que, en su hoja central, venía cada mañana con un desplegable a todo color. Una foto en formación de un equipo de Primera, antes de disputarse el partido. Podía tratarse de cualquiera, desde el Betis de Esnaola al Sevilla de Biri-Biri; del Athletic de Dani al Valencia de Carrete, del Barcelona de Asensi al Sporting de Mesa... Pero, el que en realidad se convertía en sueño absoluto, en cielo hecho papel, de un mozalbete rubio, ojos achinados y pequeña alma rojiblanca, era el de Navarro, Marcelino, Eusebio, Pereira, Arteche, Capón, Marcial, Leal, Leivinha, Ayala, Rubio, Rubén Cano... Joder, que trofeo. ¡Cómo lucía el jodío, expuesto cual bufanda entre las manos huesudas del maestro...!.

Amigo...Costaría sangre, sudor y lágrimas. Entonces, los profes eran los que soltaban la mano, o su extensión en madera; y los alumnos recibían. Como esteras. El poder judicial y el ejecutivo, en cero coma, cogiditos de la mano y sin airearse mucho. Que las madres de más tenían con las coladas, las planchas, los bibes y demás SL, como para preocuparlas por el cabrón del crío. Don José, ponía el trofeo en el escaparate, entre los puños de sus camisa blanco-gior. Luego, doblándolo ceremoniosamente, trincaba con la misma parsimonia una tiza del descansillo de la pizarra, para escribir sobre ella una serie de preguntas. Breves y directas. Del tipo: “Tres reyes godos”. O “Nombre del caballo del Cid”. “El río de más caudal de España”... Las repasaba de espaldas, verificando cada letra, para terminar sentándose sobre su trono escolar. Cruzar los pies sobre la mesa, y desempaquetar una pera de agua de su flamante pañuelo blanco-moco. Antes de lanzarle el primer bocado, llamaba al sentenciado:

- Fulanito.

Y fulanito saltaba cual resorte de su asiento. Como si el mismo belcebú hubiera pinchado su culete con una aguja de coser albardas. El tramo que iba del pupitre a la pizarra, debiera de ser bastante parecido al que siguió Cristo del juicio al Gólgota...

Don Jesús, ya armado con su regla para varear nueces, señalaba hacia la primera pregunta del encerado. Fulanito, se retorcía desde su dignidad de poco más de un metro.

- Babieca- susurraba.

Y el maestro, anotaba sobre su cuartilla algo que debía de ser una “X”. A cámara lenta, volvía a repetir la liturgia de la regla alzada para la segunda cuestión.

- El Tajo- se decidió por fin el muchacho.

Era entonces, cuando don José, negaba con la cabeza. Y pronunciaba su palabra más lapidaria: “penalty”. Marronazo en superlativo. A la que fulanito, ya sabía cómo habría de responder; extendiendo su mano y colocando la yema de los dedos en racimo, vueltas hacia arriba.

- Santillana se perfila. Deja el balón sobre el punto fatídico. Coje carrerilla y...- El maestro, levantaba entonces su arma de destrucción masiva al techo desconchado de la escuela, para descargarla con un golpe seco.

El zagal, con más miedo que vergüenza, retiraba a la sazón su mano, y la regla golpeaba en vacío con un bufido, mitad aire, mitad letra. Que con sangre entraba. Contrariado, miraba con incredulidad al osado crío. Mas nada era capaz de interrumpir la ceremonia. Acaso algún “huy” entre la grada de pupitres.

- Se repite el penalty- sentenciaba.

A la segunda, su regla contenía más arco. Más furia. Y se iba a estampar con fuerza sobre las puntas de los dedos del fallón. Del portero de tergal y rodilleras de sky. “¡¡Zas!!”.

Y toda la clase, al unísono, se levantaba de sus asientos a la voz de “¡¡¡Gooooool!!!”.

sábado, 25 de octubre de 2008

Días de escuela (I)

Bien abrigado, llegaba al colegio. Sería allá por finales de los 70, hace no mucho tiempo. Entonces, o los inviernos eran más fríos, o las pellizas no valían más que para diferenciar a unos críos de otros. Las había de herencia, sobadas por toda la ascendencia de hermanos mayores; con parches y zurcidos hasta en las etiquetas. Feas hasta decir basta. Bastas como la padre que las parió. Y aún así, sentías como el frío te ponía un nido de buitre negro en mitad de los pulmones. ¿Es posible que no recuerde si comencé a fumar por calentarlos...? Los pantalones, de pana. O de tergal. Con dos inmensos ojos de sky, o cuero de pastel, a la altura de las rodillas, que duraban cuatro partidas de chapas y una de canicas. Los vaqueros, estaban en las telefunken de blanco y negro (asomaban ya las de technicolor), pues no habían tomado aún la calle de cintura para abajo. Lois, no era nadie por estos pagos. Y Lee, quedaba para los más cultos; como un general de los confederados... ¿Levis?, sí, sí, muy gracioso... Pero ése era su apellido; ¿no se llamaba Jerry, y ponía unos caretos mu raros?...

Bufandita de punto de cruz. O la cruz de la bufandita. Agarrando como cadenas de lana a colorines el collar de una prenda que suponía la mayor de las humillaciones. La indignidad hecha gorro de buzo. Tejido en azul, gris o verde despolle. La prenda de crío-crío, que madre ponía por montera por los siglos de los siglos. Una especie de chupete, llevado sobre la cabeza, con el que deberías de buscar los primeros escarceos pseudo-amorosos. Así, con esas pintas. Los verdugos han llenado más carteras que los propios libros...

Los zapatos, cualquiera valía siempre y cuando estuviera confeccionado en sucedáneo de piel. Que no fueran unos castellanos encargados para la boda del siglo, o unos de charol arrastrados desde las cavernas de la comunión. El zapatero, tenía un curro de pelotas con aquellas fundas de pie destrozadas sistemáticamente. Las conocía al pie de la letra; por dónde solían abrir, en qué lugar convenía reforzar y el tufillo peculiar que cada una despedía. Porque entonces, los calcetines llevaban sistema de refrigeración asistida. Con cierto tiempo de rodaje, que era lo propio, tendían a evacuar el gas por unos orificios o compuertas que se abrían a demanda sobre la acumulación atmosférica en el interior. La hostia, vamos. De patente y tírate a vivir de lamarca. Y sin NASA de por medio. Otros, simplemente le llamaban “tomates”. Los muy catetos.

Allá íbamos. Agarrados por descomunales carteras de sobre, con un única forma que tenían las muy jodías de meterles mano: por la chepa, y del asa. No sé como aquellos zagales no salieron torcíos según fueran diestros o zocatos... O lo que es lo mismo, zurdos. Esos que una vez dentro, el maestro se preocupaba de ahostiar con cierta cadencia. La justa hasta que cambiara de mano. Como Dios en su extensión escolar mandaba. Cruzando por semáforos donde un par de coches seguidos suponía toda una novedad. Una sinfonía de mayores y bajitos, acumulados a la puerta del colegio, mientras el conserje esperaba vestido de contramaestre del almirante Gravina. Tirando de los portones de la cancela, a lo guardia de Buckingham. Santiguandose por la sordi ante una avalancha de chavales y mozas que se le venía encima sin haber tomao aún el café. “Tres minutillos, y se los dejo a los de dentro”, pensaba el amo del calabozo en tanto pretendía poner un algo de orden en las filas. “Los de Dentro”. Esos, sí que tenían un infierno a la carta...

jueves, 23 de octubre de 2008

One Club Man

A la hora justa de partido, hay un cambio en las filas biritish. El primo del chaval más jovencito que falleció en aquél incidente de Heysel, donde también estaba como figurante el ex_señor platiní, camina a buen paso hacia la banda. Casi la mitá del Fondo Norte, le jalea y, del resto del Estadio, va arrancando unos dignos aplausos. Que en el Calderón, eso de reconocer algo al rival está como el kilo de angulas. O más. Unos, aplaudirán por el partidito tan apañao que acaba de marcarse. Otros, porque les supone el tributo en palmas a un menda que ha mamao club desde que recogía pelotas en la banda. Un tipo que lleva los cuajarones de lecha mamá colgando de los tacos de las botas. Un pavo que usa una piel roja, a la que cambia el moreno, pero nunca la etiqueta. El escudo. Un One Man Club, que dicen por aquellos pagos de la vieja Yngalaterra.

Así es que, sí señores, no se extrañen de aplausos ajenos. Hay gentes que los merecen, tanto o más que alguno que viste la Camiseta propia. Hay tradiciones que, amén de serlo, parecen hasta sanas. Humanas. Sentidas. Y esta, es una de ellas. Como una voz que se levanta por encima de las marcas, los ibex-35, el tráfico de mercenarios, la trata de esclavos de millones de euros... El prenderse al Fútbol, agarrarse a sus carnes divinas como si fueras a marcarte un chotis, conlleva valorar a estas gentes que van de pañal a bastón. De los que nacen y se hacen. Y además, aguantan el tirón. Tirando de aurícula.

Por eso yo ovacioné a Steven Gerrard. Es lo único que a día de hoy puedo envidiar a un club como el Liverpool. Que conserva un canterano capaz de transmitir los valores mamaos desde que limpiara los borceguís a la estrella de turno liverpuliana. Que hubiera cogido con una mano el balón y con otra los huevos de los felices celebrantes cualquier sábado con 1-1 y todo el descuento de por medio.

Me encanta comprobar que todavía existen las águilas imperiales. Los osos pardos. Los linces ibéricos. E intentar en la medida que pueda y sepa cuidarlos. Para que no se extingan. Para que mis hijos puedan disfrutarlos en vivo y en directo. Sin fotos color sepia.

Cuando abandonaba el Estadio, aún retumbaban los cánticos de sendas aficiones sobre los muros sagrados del Vicente Calderón. “Fernando Torres, lo-lo-lo-lo-lo-lo, Fernando Torres...”. Entonces, me toqué el bosillo de la chupa. No, no lo había perdido. Estaba allí el último número del “Media Punta”, doblao y sudao, pero vivito y coleando. Con su artículo sobre nuestro último mohicano. Aquél que le hiceron capitán nada más salir de la adolescencia... Una vez alcanzao el coche, desdoblé el número de la revista, volví a leer aquél artículo:

“La última vez que ví a Torres fue hace dos meses. Estaba en el pub de Sammy, en Kirkdale, y no tenía buen aspecto. Sammy me dijo que iba todos los días y se agarraba a la botella. Ya no hablaba con nadie. Solo grunía. Alguna vez, y cada vez menos, algún joven idiota se acercaba al viejo striker y trataba de sacarle una conversación sobre aquellos viejos y buenos tiempos, pero Torres rezongaba: “Nunca fueron buenos, pero sí que son viejos...”

Pero no son tan viejos los recuerdfos cuando te van comiendo...Desde el amanecer hasta la cama; hasta que la botella golpea la moqueta de tu cuarto y te haces bicho-bola abrazado a una mala almohada.

Torres es un hombre... Bueno, sólo una vez, cuando entró en el pub aquél tipo con la Camiseta del Atleti. Se le cayó el vaso y se marchó.

Miento al decir que le vimos llorar... Pero si hubiera jurar que estaba llorando, yo lo juraría.

Hace dos meses, un día, fue al baño a pelearse con la próstata y se dejó la cartera encima de la barra. De entre toda la mierda que llevaba aquella billetera hinchada sobresalía el recorte de un periódico. Sammy y yo nos miramos y sacamos aquél trozo de papel. Era la crónica de un partido contra el Atlético de Madrid en el Vicente Calderón.

No sé español, no sé que decía, pero la foto que dominaba la crónica era la suya, sonriendo, con la camiseta del Liverpool, de rodillas; con el cuerpo para atrás, abrazado a Gerrard, celebrando su segundo gol al Atleti.

Yo miré a Sammy sin entender ni mucho ni nada y le alargué la fotografía. Sammy la miró mucho más despacio. Al final soltó un gruñido y me la volvió a pasar. “Ahí está, ¿no lo ves?”. La volvía a coger y la miré. ¿Qué estaba ahí?. Un tipo feliz, joven, con la camiseta de un grande de Europa, abrazado a un jugador de leyenda... La sonrisa de “The Kid”... Sammy, no veo...

- Mira el fondo

¿El público?. Caras antiguas de hace cincuenta años, de principios de siglo. Dios, sí; ahí estaba. Era un niño pequeño. ¿Qué tendría, nueve años?. Lleva la Camiseta del Atleti. Está llorando. Levanté la vista. Torres había vuelto.

-¿Con qué derecho hurgas en mis cosas?

- ¿Hicistes llorar a un niño del Atleti?. ¿Fue eso, Torres?. Dí, ¿fue eso?

Me miró con furia y asco, y dijo:

- Ojalá hubiera estado lesionado.

No vi llegar el puñetazo. La botella cayó sobre la barra. Me arrancó el recorte y se largó. Aquella fue la última vez que ví a Torres.

Aquél viejo striker del Liverpool.”

Por José Antonio Fúster.

S I E M P R E E S T I R P E.-

martes, 21 de octubre de 2008

Mi reino no es de este (jodido) mundo

Bienaventurados los silenciosos, porque de ellos será el reino de la mediocridad.

Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán el título. De mejor afición. De chir-lider. ¿Qué os creíais por “título”...?

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán sodomizados con sus lágrimas. Y jamás mamarán.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán entregados a los intereses bastardos. ¿Dónde está la bolita?

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos hallarán miserias y segundas mejillas.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán al Oso y el Madroño. Las 7 estrellas. Las ocho barras. El Club.

Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de... Puta, baja y mete los goles con los cuernos.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los Ángeles. De San Rafael. El futuro ex_reino del Manzanares. Marbiella. Valdeaceitunos...

Bienaventurados sereis cuando os injurien, y os persigan, y os digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mindundis. Y no llegar ni a 15.

Alegraos y regocijaos, puesto que vuestra recompensa será grande en los cielos, que no en las vitrinas; pues de la misma manera persiguieron a los atléticos anteriores a vosotros.

En la era de vuestro señor, del anno veinte y uno s. a los g.

Palabra de un prescrito dios.

Te adoramos, óyenos.